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Julio del 2007

 

Moniciones XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

Enlace permanente 31 de Julio, 2007, 7:15

Moniciones para la Misa

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Tiempo Ordinario

XVIII Domingo

5 de agos de 2007

Autor: Domingo Vásquez Morales, C.Ss.R.                                                                       Fuente: www.scalando.com 

XVIII Domingo

Hazpara ver las lecturas del día:

-         1ra lect.: Ecl 1,2; 2,21-23

-         Sal 94

-         2da lect.: Col 3, 1-5.9-11

-         Evangelio: Lc 12,13-21

 

La seducción del consumismo

LAS LECTURAS DE HOY

Monición de entrada:

 

Hoy la liturgia nos invita a reflexionar sobre nuestra vida actual. ¿Nuestra vida tiene valor o es vanidad? Si ponemos todos nuestros esfuerzos en las cosas del mundo, no tenemos seguridad. Solamente Dios puede darnos paz y tranquilidad. En la palabra de Dios se nos iluminará la fe sobre los auténticos valores para el cristiano. El pan de la vida está en Cristo; es él mismo. No esperemos multiplicaciones milagrosas de panes. Hay un proyecto de Dios que, si lo aceptamos, convertirá al mundo en una mesa de tierra de paz para todos. De pie para recibir la procesión mientras cantamos con alegría.                                      

 

Primera lectura: Eclesiástico  1,2; 21-23 (Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad)

 

En el Eclesiastés se plantea con dureza el problema del vivir. Este mundo es la estación final del afán humano. ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán aquí bajo el sol? Hay valores más grandes. Miremos al cielo. Escuchemos este interesante relato.

 

Segunda lectura: Colosenses 3, 1-5.9-11 (Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo)

 

San Pablo nos exhorta a morir al pecado y renacer a una vida nueva con Cristo y en Cristo. El cristiano es un ciudadano del cielo que comienza en la tierra, si se viven los valores del Evangelio. Escuchen atentos.

 

Tercera lectura: Lucas 12, 13-21 (Parábola del rico insensato)

 

El  Evangelio de hoy, sigue el mismo tema: nuestra meta no puede ser solamente las cosas terrestres. Cristo no condena a los ricos, sino el mal uso que hacen de las riquezas. Ser rico para Dios exige abrir nuestros graneros a los demás. Este evangelio nos propone un antitipo: el del hombre, cuyo proyecto de vida es el de "amasar riquezas para sí" y no el de crear con gozo para los demás. De pie, por favor; entonemos el Aleluya, para que escuchemos la proclamación del Evangelio.

 

Oración Universal:

 

Por la Iglesia, para que siempre trabaje e impulse las cosas de Dios. Roguemos al Señor.

 

Por los gobiernos de las naciones, para que promuevan la justa repartición de los bienes en favor de los pobres, los necesitados y menos favorecidos.  Roguemos al Señor.

 

Por los padres y madres de familias, para que aprecien y defiendan el valor cristiano de su familia ante las cosas del mundo. Roguemos al Señor.

 

Por los difuntos, especialmente los de nuestras comunidades y parroquia, para que pronto vean el rostro de Jesucristo en el paraíso. Roguemos al Señor.

 

Por nuestras comunidades, para que de entre ellas surjan las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal.  Roguemos al Señor.

 

Por nosotros y nuestras intenciones (cada uno presente al Señor en silencio sus necesidades), para que luchemos por un mundo mejor, viviendo los valores evangélicos.  Roguemos al Señor.

 

Exhortación Final

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 554)

 

A la luz de tu palabra, Señor, te pedimos en este día

nos concedas asimilar la bienaventuranza de la pobreza efectiva

y de espíritu, para que no sucumbamos a la idolatría consumista.

Libéranos, Señor, de la sutil seducción del consumismo en boga

para que, libres de la tiranía monetaria del tener y gastar,

entendamos que nuestra vida no depende del cúmulo de bienes

que amontonemos, sino de las riquezas y dones de tu reino.

 

Queremos, Señor, compartir nuestra pan con los demás,

invirtiendo nuestros haberes, tiempo y cariño con los más pobres.

Así seremos ricos ante ti y alcanzaremos el secreto tesoro

de la felicidad evangélica: amar a Dios y a los hermanos.

 

Amén.

 

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Preguntas, comentarios y agradecimiento a: Domingo Vásquez Morales, C.Ss.R.

 

Cadena de oración: http://www.scalando.com/orando.htm

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Homilía para hoy

Grupos de interés: http://www.egrupos.net/grupo/scalando; http://www.egrupos.net/grupo/moniciones; http://blogs.vivito.net/blog/scalando463

 

Todo el material de esta publicación está libre de restricciones de derechos de autor y puede copiarse, reproducirse o duplicarse sin permiso alguno.  Sólo tiene que hacer una oración por las vocaciones redentoristas del Caribe.

Ormos todos por la paz.

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Homilía XVIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C

Enlace permanente 31 de Julio, 2007, 7:09

En Camino

Homilía para el Domingo

Tiempo Ordinario

XVIII Domingo

5 de agosto de 2007

Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                                                                                                     Fuente: www.scalando.com 

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XVIII Domingo

Hazpara para ver las lecturas de hoy

-         1ra lect.: Ecl 1,2; 2,21-23

-         Sal 94

-         2da lect.: Col 3, 1-5.9-11

-         Evangelio: Lc 12,13-21

 

Vanidad de vanidades

LAS LECTURAS DE HOY

El estrés y la depresión se han vuelto el pan de cada día para un gran número de personas de nuestro tiempo. “¡Qué estrés!”, “¡estoy con la `depre´!”, escuchamos con mucha frecuencia. Claro que estar con la “depre” y sufrir de depresión son dos cosas muy distintas. La depresión es un síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos. Para estos casos es necesario el tratamiento con un psiquiatra. La “depre”, en el argot popular, es más una tristeza pasajera, una crisis existencial o un sentimiento de frustración por algo o por alguien…  

 

Por el contenido general del libro Eclesiastés, pareciera que su autor hubiera estado con la “depre” cuando lo escribió. En la literatura bíblica normalmente encontramos palabras de aliento, de ánimo y de fuerza en medio de la lucha. Pero este es un libro profundamente escéptico y crítico de las luchas humanas. Cuestiona fuertemente la doctrina de la retribución, según la cual el hombre bueno recibe bienes y el malo recibe males. La sabiduría, tan elogiada e impulsada en otros libros sapienciales, aquí se interroga y es puesta en entredicho. Este libro no deja títere con cabeza. Todas las realidades humanas son vistas en este libro, con el lente del escepticismo, como cuando tenemos la “depre”. Lo único que le hace falta es cantar el popular canto infantil: “nadie me quiere, todos me odian, me voy a comer un gusano. Le quito la cabeza, le quito las patitas y uhm, ¡qué rico gusano!... ”

 

El libro de Cohelet o Eclesiatés, muestra la realidad de un hombre decepcionado y cansado de luchar. Un hombre que ha sido testigo de la explotación y la frustración. Él sabe lo que significa trabajar y fatigarse para que otros disfruten. Ha visto cómo muchas personas justas no encuentran descanso y alegría plena, y otras personas injustas terminan dominando, explotando y disfrutando aquello que no se merecen por sus actos. ¿Dónde queda la doctrina de la retribución? ¿Será verdad aquello de que, “el que la hace la paga”?

 

Esa realidad de frustración hace que el autor reflexione, generalice y descubra lo superfluo de las cosas, aún en aquellas cosas consideradas más sublimes, como la sabiduría. Ante todo el panorama el autor se pregunta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3). De la misma realidad saca su respuesta: “vanidad de vanidades, todo es vanidad” (1,2). Con este lente recorre todas las esferas de la vida humana: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… ¡todo! En todo busca una respuesta a su pregunta y siempre llega a la misma conclusión: “Todo es vanidad”. (1,17; 2,1.11.17.20.23. 6; 12,8).

 

¿Qué podemos aprender de este libro? Podríamos pensar que no debería estar en la Biblia por su voz disidente, escéptica y crítica, no sólo frente a toda la tradición sapiencial sino ante toda la vida. Podríamos pensar que no es recomendable, sobre todo para aquellos creyentes que sólo piensan en el éxito porque el Dios de la vida está con ellos. Podríamos pensar que es poco religioso porque invita no más a comer y a beber, porque eso es lo único que le queda al hombre. Como decimos popularmente: “comamos y bebamos que mañana moriremos”.

 

Pero vale la pena rescatar varias cosas. Es admirable que un libro totalmente diferente a los demás, se encuentre en la Biblia. No vamos a encontrar en este libro frases célebres para recordarlas y hacerlas vida todos los días. No vemos consejos sabios y prácticos. Éste es un libro que nos lleva sobre todo a pensar y a cuestionarnos sobre lo que estamos haciendo y el para qué de cada cosa, inclusive de la fe, de la religión, de Dios, de los hijos, de la bondad, de unos mismo, de todo.

 

¿Realmente es bueno ser “tan bueno” o “tan bondadoso”? ¿Cuándo pasamos de la bondad a la “pendejada”? ¿Es realmente buena aquella madre que se desvela toda la noche esperando a que su hijo irresponsable llegue borracho y drogado a las 3 o 4 de la mañana, para abrirle la puerta y darle de comer? ¿Qué logra con eso? ¿No es mejor ser sencillos como palomas y prudentes como serpientes? (Mt 10,16) ¿Realmente somos lo que creemos ser, o nos hemos dedicado a bailar todo el tiempo el baile de las máscaras? ¿Realmente es mejor ser creyente que ateo? ¿Para qué me ha servido creer? ¿Qué le aporta la fe en Jesús a mi humanización?

 

En medio de tanta vanidad, el autor rescata un detalle: el sabor de las cosas sencillas y el disfrute de la vida ordinaria: “… lo que uno puede esperar es comer y beber, y gozar del fruto de su trabajo, durante los contados días de su vida… todo esto es don de Dios” (5,17.19).

 

Cuidado con la codicia

Este evangelio no es una defensa de la irresponsabilidad, del descuido de las cosas, ni de la mediocridad con la que muchas personas administran los bienes materiales y la vida misma. Jesús reprochó la actitud del hombre holgazán que no hizo producir su talento sino que lo enterró, y además intentó justificar su desidia con la dureza de su patrón (Mt 25,14-30). Por supuesto que es necesario aprovechar al máximo los recursos para hacer realidad nuestras empresas. Pero la utilización de los talentos de manera egoísta, avara y codiciosa, es una de las cosas que más destruyen al ser humano. Y fue de lo que Jesús quiso prevenir a sus discípulos y a toda la humanidad, con ésta y otras parábolas.

 

Un hombre acudió a Jesús para que le dijera a su hermano que debía compartir la herencia con él. Un caso que infortunadamente se sigue repitiendo entre nosotros, porque muchas veces ponemos nuestra confianza en el dinero y hacemos de él nuestro más preciado bien. Peleas, discordias, injusticias y hasta muertos entre hermanos, ha ocasionado tal señorío del dinero.

 

Jesús no se detuvo en detalles, pero tampoco evitó intervenir en situaciones reales. No pretendió saberlo todo y solucionar todos los problemas de los demás con una varita mágica, pero tampoco invitó a la resignación ante las injusticias. No desencarnó ni espiritualizó la fe. No fue un doctor en la Ley que supiera todos sus vericuetos, ni un charlatán, demagogo, sabelotodo como aquellos que abundan en las esquinas, en los corrillos y hasta en las altas esferas del poder. Con seguridad ignoraba muchas cosas, pero aprovechó la situación de estos dos hermanos para descubrir el núcleo del problema: la codicia. Cuando ésta se apodera del corazón humano, lo hace desconocer a Dios y lo obliga a vender todo, hasta lo más valioso: la familia, los amigos, la naturaleza, la humanidad en general, la vida misma.

 

En el monólogo del granjero exitoso y necio, podemos ver claramente la autosuficiencia y el egoísmo que generó en él la prosperidad. Jesús hizo ver la incapacidad que tiene la riqueza para hacer realmente feliz al ser humano.

 

En el Evangelio está claro que Jesús no estuvo contra la riqueza. Con el dinero se puede ayudar a aquellos necesitados (Mt 6,3-4), compartir con los más pobres (Mt 19,20-21) y pagar para que sigan atendiendo a un convaleciente (10,33-36). Con abundancia de dinero se puede pagar lo correcto a los trabajadores y además ser generosos con ellos (Mt 20,1-16). Inclusive, algo aparentemente banal: con dinero María, la hermana de Lázaro, pudo comprar el costoso perfume para manifestar su amor por el Maestro (Mc 14,4-5).

 

¡El problema no es el dinero! El problema nace cuando se dedican todas las energías, todo el tiempo, todos los talentos y toda la vida a la acumulación de éste, y se descuidan la familia, la salud, el amor, la amistad, la vida misma. El problema surge cuando se desconocen las necesidades de los que más sufren; cuando se participa todos los días en suculentos banquetes y se ignoran totalmente a los pobres que se mueren de hambre, como en el caso del rico Epulón (Lc 16,19-31). Cuando se hacen grandes planes de crecimiento económico únicamente con un fin materialista, egoísta, y hedonista, que nos hace ciegos o indiferentes ante las necesidades de los demás, como ocurre con el necio granjero exitoso de la parábola de hoy (Lc 12,13-21). Hay problema cuando se roba y vende al amigo y al maestro, como lo hizo Judas (Mc 14,10-11; Jn 12,6). Cuando el dinero se usa para la ostentación y para ganar la fama de bondadosos (Mc 12,41-44). En últimas, el  problema existe cuando se pone toda la confianza en él y se tiene como valor supremo, por encima de la vida. Cuando esto pasa, el dinero se convierte en un Señor que compite con Dios. Y nadie puede servir a dos señores (Lc 16,13).

 

El problema no fue la buena cosecha del granjero. El problema no fue ni siquiera haber derribado los graneros pequeños para construir otros más grandes y almacenar la cosecha. Al principio pareciera que este hombre actuara con sensatez y prudencia, pues pensaba en su futuro.

 

Pero luego la parábola da un giro extremo: “Luego podré decirme: `Amigo, tienes muchas provisiones en reserva para muchos años: descansa, come, bebe y date a la buena vida`” (v.19). Aquí desaparecen todos, hasta el mismo narrador de la parábola. El mismo rico se convierte en narrador. El problema fue el individualismo extremo con el que planeó su vida, sostenido únicamente por su riqueza y totalmente de espaldas a los demás seres humanos. Todo lo que no fuera él mismo, quedaba excluido de su futuro, de sus planes, de su vida. No pensaba en nadie más que en sí mismo. Para él la cosecha no era el fruto del trabajo de sus trabajadores, ni un don de Dios que es preciso compartir con los demás, sino un producto que le permitía llevar una vida tan placentera como vacía de sentido humano. Él sólo pensaba en satisfacer sus instintos primarios: descansa, come, bebe y date a la buena vida”.

 

Ahí intervino Dios: Pero Dios le dijo: `Insensato, esta misma noche te van a reclamar la vida. Lo que tienes preparado, ¿para quién va a ser?´” (v.20). Él mismo se felicita y se llama amigo. ¿Amigo de quién? ¡De nadie! Por eso Dios lo llama insensato. La cosecha en esa cultura, más cuando era abundante, era considerada un don de Dios. Él la veía sólo para sí mismo: “tienes muchas provisiones para muchos años”. Dios le advirtió: “Esta misma noche te van a reclamar la vida”. Y termina diciendo: “Así será el que amasa riqueza para sí y no es rico para Dios”.

 

La propuesta de Jesús no es una vida miserable en la que todos sufran, ni una vida espiritualista, ascética y antihedonista. Él mismo participó muchas veces de banquetes y fiestas, inclusive, hasta fue criticado por su supuesta vida licenciosa (Mt 11,18-19). Su gran utopía es que la abundancia de los bienes sea tomada como una gran bendición para beneficio de todos. Por supuesto que el trabajador merece su salario y el buen administrador de los dones de Dios debe ser premiado. Su gran utopía invita a que del individualismo rastrero y egoísta se pase a una vida comunitaria y abierta a los demás. A que el dinero deje de ser el centro hacía el cual gira toda la vida y en él se ponga al ser humano y a todos los seres humanos. Su gran utopía invita a que del hedonismo narcisista y egoísta, se pase la vivencia de un amor solidario y servicial, a un disfrute de la vida y de los placeres de la naturaleza, sin desconocer ni anular a los demás seres humanos.

 

Vale la pena que le echemos una mirada a nuestro mundo y a nuestros intereses personales, a la luz de este evangelio…

 

Vale la pena destacar también la experiencia de muchas personas, que utilizan su abundante cosecha no sólo como una manera de crecer como empresarios sino con un gran sentido social. Conozco por boca de otros y en persona, algunos empresarios y microempresarios, industriales y microindustriales que tienen un gran sentido humano, comunitario y social. Animados por una gran experiencia de fe, algunos de ellos, ven su buena cosecha como un don de Dios que debe ser bien administrado. Esos son, entre otros, los administradores buenos y fieles (Mt 25-14-30)

 

Para hacer realidad este evangelio, es necesario primero hacer realidad la invitación de Pablo a la comunidad de Colosas: morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo. (2da lect. Col 3,1-5.9-11). El hombre viejo es el que está cargado de egoísmo, desorden sexual, impureza de corazón, codicia y avaricia. El hombre nuevo nacido, en Cristo, configura su vida a imagen de Jesús, el hombre perfecto. Por eso es capaz de amar, de servir, de construir y de disfrutar la vida en plural.

 

Formato para imprimir    Comentarios al autor: neptalidv@yahoo.com

 

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Oremos todos por la paz.

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Homilia XVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo c

Enlace permanente 14 de Julio, 2007, 19:01

En Camino: homilia

Tiempo Ordinario – Ciclo C

XVII Domingo: El padrenuestro, taller de oración

Por Neptalí Díaz Villán CSsR.

1ra lect.: Gn18,20-21.23-32

Sal 137

2da lect.: Col 2,12-14

Evangelio: Lc 11,1-13

Enséñanos a orar

Anta la propuesta sugerida por el tentador, de convertir las piedras en pan, Jesús respondió con una sabia frase del libro del Deuteronomio: "No sólo de pan vive el hombre" (Dt 8,3 / Lc 4,4). Es necesario dedicar tiempo y energías a la producción en distintos sectores de la economía, a la educación, a la política y a todo lo que hace crecer y desarrollar efectivamente a las personas y a los pueblos. Pero el ser humano no es sólo producción y consumo. Necesita reír, cantar, bailar, jugar, amar y por su puesto, orar.

"La oración es una experiencia de gratuidad. Ese acto ocioso, ese tiempo `desperdiciado´ nos recuerda que el Señor está más allá de las categorías de lo útil y lo inútil. Dios no es de este mundo. La gratuidad de su don, creadora de necesidades más profundas, nos libera de toda alineación religiosa y en última instancia, de toda alineación" .

Juan Pablo II decía que este mundo necesita testigos, más que grandes maestros. En Jesús encontramos a una persona orante. Muchas veces los evangelios lo muestran orando en comunidad y a solas. (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; Jn 11,41-42; Jn 17). La forma como Jesús vivía, amaba y oraba, hizo que sus discípulos le pidieran que los enseñara a orar.

La oración del Padre Nuestro no empieza con una lista de peticiones que según nuestro criterio humano, sería lo mejor que nos pudiera suceder. El Padre Nuestro tiene dos partes fundamentales: la primera busca reconocer a Dios como Padre, bendecirlo, reverenciarlo y, sobre todo, amarlo. La segunda pide a ese Padre bueno, que venga su Reino y sus consecuencias.

La oración empieza con una toma de conciencia de la noticia más grande que nos trajo Jesús: ¡Dios es nuestro Padre! ¡Somos hijos de Dios! ¡Qué alegría poder llamar a Dios, Padre! ¡Qué bueno saber que no somos huérfanos "en este valle de lágrimas"!, como dice la antigua oración de la Salve. Pues, como dijo Pablo: "No hemos recibido un espíritu de temor sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre!" (Rom.8,15).

Es muy importante aclarar que la oración está en plural y en clave comunitaria, no es para individualidades solitarias y egoístas. No dice Padre mío, sino Padre Nuestro. Somos hijos del Padre Dios. Si en la oración decimos que Dios es Padre de todos, tendríamos que ser consecuentes con eso que oramos, y vivir verdaderamente como hermanos. Es una mentira llamar a Dios Padre y tratar a los demás como esclavos, o permitir que nos exploten y pisoteen nuestra dignidad humana. La oración no permite pisotear o dejarse pisotear por alguien. Orar con el Padre Nuestro implica un trato igualitario, digno y justo con todos, como corresponde entre verdaderos hermanos, hijos de Dios.

El Padre Nuestro empieza con un contemplar gozoso y comprometido de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de los demás seres humanos. Es viviendo de manera gozosa nuestra filiación divina y nuestra hermandad humana, como mejor santificamos el nombre de Dios. Es con nuestra manera de vivir, orar y tratar a los demás, como el nombre de Dios es conocido, alabado, amado y glorificado por los demás seres humanos.

Hasta el momento no se ha pedido cosa alguna. Sólo se ha reconocido la bondad del Padre Dios y se ha santificado su nombre. Ahora viene la petición fundamental: El Reino. Esa fue la causa de Jesús, el proyecto por el cual dio hasta su propia vida. El Reino fue su programa y razón de ser. Por eso dijo: "busquen primero el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se les dará por añadidura" (Lc 12,31). La petición del Reino va unida a su vez con el compromiso serio y decidido para hacerlo realidad con la gracia del Padre.

Las peticiones que siguen son sencillamente las consecuencias del Reino. El Pan. El Reino de Dios trae consigo la satisfacción de las necesidades básicas de todo ser humano: comida, techo, salud, educación, cultura, etc. Eso es el pan. Todo aquello que necesita el ser humano para vivir dignamente. Se pide el pan de cada día como un acto de confianza en la providencia de ese Padre bueno y providente que cada día está con el ser humano y lo conduce para vivir dignamente. Esto implica a su vez la disposición para compartir el pan con el hambriento, el vestido con el desnudo y el techo con el indigente. Implica también el compromiso de trabajar para conseguirlo y para hacer posible que en mundo no haya hambre del pan corporal y espiritual. Todos los días se pide el pan y todos los días trae consigo su trabajo y su reto.

El Reino implica una vida en paz y armonía con el mundo interno y externo. Como a lo largo del camino son inevitables los roces que nos quitan la paz, la oración pide el perdón y la disponibilidad para perdonar a los demás. Sabiendo que la bondad del Padre Dios es infinita, podemos llegar a Él con la certeza absoluta de que no vamos a ser rechazados por nuestras fallas humanas, o por nuestro pecado. Pero para acceder al perdón de Dios, es necesaria la actitud para perdonar a los demás seres humanos. Esto implica también el reconocimiento de que no somos perfectos, que necesitamos perdón, paz y reconciliación.

La vida humana no deja de ser un riesgo que hay que asumir. Día a día corremos el riesgo de fracasar si no encausamos bien nuestra vida y nos dejamos deslumbrar por las apariencias de nuestro mundo. Por eso en la petición final se pide sabiduría y valor para no caer en la tentación. Esa sabiduría y ese mismo valor que tuvo Jesús para enfrentar al tentador, negarse a caer en sus garras y optar decididamente por Dios y su proyecto salvador.

La oración es una práctica para todos los días. Implica una actitud de confianza ante el Padre Dios y una actitud comprometida para realizar su proyecto personal y comunitariamente. La exhortación final del evangelio de hoy es a perseverar en la oración y a tener una confianza absoluta en la bondad del Padre que nos dará siempre lo mejor. Y lo mejor que podemos tener, según el evangelio, no es tanto muchas cosas sino el Espíritu Santo, que tiene la capacidad para renovar la faz de la tierra y para conducir al ser humano hacia la verdad completa. El Espíritu que ayuda al ser humano a recordar y comprender en el día a día las enseñanzas de Jesús (Jn 15,26; 16,12-15). Según la tradición de Juan el Espíritu es el intérprete correcto del mensaje y significado de Jesús para el discípulo. Es el Paráclito, defensor de la comunidad ante los ataques del mundo. Es quien acompaña al discípulo en los momentos difíciles y está con cada creyente y con la comunidad en sus confrontaciones. (Jn 14,15-17; 16,8-11)

Finalmente digamos que con mucha frecuenta no sabemos emplear bien la oración del Padrenuestro. Esta oración no es para hacer intercambios y peticiones específicas a Dios por alguna necesidad que queramos ver colmada. Se suelen escuchar las siguientes frases: "Un Padrenuestro por el viaje de esta tarde". "Un Padrenuestro por las intenciones del Sumo Pontífice". "Un Padrenuestro para conseguir trabajo". "Un Padrenuestro por la salud de Menganito"… Para eso no es el Padrenuestro. Esta oración es básicamente para entrar en comunicación y comunión con el Padre Dios y su proyecto salvador para el ser humano. Eso es suficiente. Dentro de la oración (comunión y comunicación) podemos manifestarle al Padre Dios todas nuestras inquietudes y necesidades, pero no como un intercambio por haber repetido una oración, sino como un acto de fe y confianza en al Padre bueno, providente y misericordioso.

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Juan Pablo II decía que este mundo necesita testigos, más que grandes maestros. En Jesús encontramos a una persona orante. Muchas veces los evangelios lo muestran orando en comunidad y a solas. (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; Jn 11,41-42; Jn 17). La forma como Jesús vivía, amaba y oraba, hizo que sus discípulos le pidieran que los enseñara a orar.

La oración del Padre Nuestro no empieza con una lista de peticiones que según nuestro criterio humano, sería lo mejor que nos pudiera suceder. El Padre Nuestro tiene dos partes fundamentales: la primera busca reconocer a Dios como Padre, bendecirlo, reverenciarlo y, sobre todo, amarlo. La segunda pide a ese Padre bueno, que venga su Reino y sus consecuencias.

La oración empieza con una toma de conciencia de la noticia más grande que nos trajo Jesús: ¡Dios es nuestro Padre! ¡Somos hijos de Dios! ¡Qué alegría poder llamar a Dios, Padre! ¡Qué bueno saber que no somos huérfanos "en este valle de lágrimas"!, como dice la antigua oración de la Salve. Pues, como dijo Pablo: "No hemos recibido un espíritu de temor sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre!" (Rom.8,15).

Es muy importante aclarar que la oración está en plural y en clave comunitaria, no es para individualidades solitarias y egoístas. No dice Padre mío, sino Padre Nuestro. Somos hijos del Padre Dios. Si en la oración decimos que Dios es Padre de todos, tendríamos que ser consecuentes con eso que oramos, y vivir verdaderamente como hermanos. Es una mentira llamar a Dios Padre y tratar a los demás como esclavos, o permitir que nos exploten y pisoteen nuestra dignidad humana. La oración no permite pisotear o dejarse pisotear por alguien. Orar con el Padre Nuestro implica un trato igualitario, digno y justo con todos, como corresponde entre verdaderos hermanos, hijos de Dios.

El Padre Nuestro empieza con un contemplar gozoso y comprometido de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de los demás seres humanos. Es viviendo de manera gozosa nuestra filiación divina y nuestra hermandad humana, como mejor santificamos el nombre de Dios. Es con nuestra manera de vivir, orar y tratar a los demás, como el nombre de Dios es conocido, alabado, amado y glorificado por los demás seres humanos.

Hasta el momento no se ha pedido cosa alguna. Sólo se ha reconocido la bondad del Padre Dios y se ha santificado su nombre. Ahora viene la petición fundamental: El Reino. Esa fue la causa de Jesús, el proyecto por el cual dio hasta su propia vida. El Reino fue su programa y razón de ser. Por eso dijo: "busquen primero el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se les dará por añadidura" (Lc 12,31). La petición del Reino va unida a su vez con el compromiso serio y decidido para hacerlo realidad con la gracia del Padre.

Las peticiones que siguen son sencillamente las consecuencias del Reino. El Pan. El Reino de Dios trae consigo la satisfacción de las necesidades básicas de todo ser humano: comida, techo, salud, educación, cultura, etc. Eso es el pan. Todo aquello que necesita el ser humano para vivir dignamente. Se pide el pan de cada día como un acto de confianza en la providencia de ese Padre bueno y providente que cada día está con el ser humano y lo conduce para vivir dignamente. Esto implica a su vez la disposición para compartir el pan con el hambriento, el vestido con el desnudo y el techo con el indigente. Implica también el compromiso de trabajar para conseguirlo y para hacer posible que en mundo no haya hambre del pan corporal y espiritual. Todos los días se pide el pan y todos los días trae consigo su trabajo y su reto.

El Reino implica una vida en paz y armonía con el mundo interno y externo. Como a lo largo del camino son inevitables los roces que nos quitan la paz, la oración pide el perdón y la disponibilidad para perdonar a los demás. Sabiendo que la bondad del Padre Dios es infinita, podemos llegar a Él con la certeza absoluta de que no vamos a ser rechazados por nuestras fallas humanas, o por nuestro pecado. Pero para acceder al perdón de Dios, es necesaria la actitud para perdonar a los demás seres humanos. Esto implica también el reconocimiento de que no somos perfectos, que necesitamos perdón, paz y reconciliación.

La vida humana no deja de ser un riesgo que hay que asumir. Día a día corremos el riesgo de fracasar si no encausamos bien nuestra vida y nos dejamos deslumbrar por las apariencias de nuestro mundo. Por eso en la petición final se pide sabiduría y valor para no caer en la tentación. Esa sabiduría y ese mismo valor que tuvo Jesús para enfrentar al tentador, negarse a caer en sus garras y optar decididamente por Dios y su proyecto salvador.

La oración es una práctica para todos los días. Implica una actitud de confianza ante el Padre Dios y una actitud comprometida para realizar su proyecto personal y comunitariamente. La exhortación final del evangelio de hoy es a perseverar en la oración y a tener una confianza absoluta en la bondad del Padre que nos dará siempre lo mejor. Y lo mejor que podemos tener, según el evangelio, no es tanto muchas cosas sino el Espíritu Santo, que tiene la capacidad para renovar la faz de la tierra y para conducir al ser humano hacia la verdad completa. El Espíritu que ayuda al ser humano a recordar y comprender en el día a día las enseñanzas de Jesús (Jn 15,26; 16,12-15). Según la tradición de Juan el Espíritu es el intérprete correcto del mensaje y significado de Jesús para el discípulo. Es el Paráclito, defensor de la comunidad ante los ataques del mundo. Es quien acompaña al discípulo en los momentos difíciles y está con cada creyente y con la comunidad en sus confrontaciones. (Jn 14,15-17; 16,8-11)

Finalmente digamos que con mucha frecuenta no sabemos emplear bien la oración del Padrenuestro. Esta oración no es para hacer intercambios y peticiones específicas a Dios por alguna necesidad que queramos ver colmada. Se suelen escuchar las siguientes frases: "Un Padrenuestro por el viaje de esta tarde". "Un Padrenuestro por las intenciones del Sumo Pontífice". "Un Padrenuestro para conseguir trabajo". "Un Padrenuestro por la salud de Menganito"… Para eso no es el Padrenuestro. Esta oración es básicamente para entrar en comunicación y comunión con el Padre Dios y su proyecto salvador para el ser humano. Eso es suficiente. Dentro de la oración (comunión y comunicación) podemos manifestarle al Padre Dios todas nuestras inquietudes y necesidades, pero no como un intercambio por haber repetido una oración, sino como un acto de fe y confianza en al Padre bueno, providente y misericordioso.

Cadena de oración: http://www.scalando.com/orando.htm

http://www.scalando.com/orando.htm

Te presentamos un libro: Teología de la Redención

Centro de Espiritualidad Redentorista: http://nuestraespiritualidad.wordpress.com

Moniciones para la Misa diaria: http://www.scalando.com/moniciones/diarias/C/index.htm

Libro: Teología de la Redención: http://www.scalando.com/Moralia/redencion/index.htm

Moniciones para la Misa diaria: http://www.scalando.com/moniciones/diarias/index.htm  con la firme determinación de te guste este servicio, el cual entregamos en tu computadora

Homilía para hoy

Grupos de interés: http://www.egrupos.net/grupo/scalando; http://www.egrupos.net/grupo/moniciones; http://blogs.vivito.net/blog/scalando463

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XVII Domingo: El padrenuestro, taller de oración

Por Neptalí Díaz Villán CSsR.

1ra lect.: Gn18,20-21.23-32

Sal 137

2da lect.: Col 2,12-14

Evangelio: Lc 11,1-13

Enséñanos a orar

Anta la propuesta sugerida por el tentador, de convertir las piedras en pan, Jesús respondió con una sabia frase del libro del Deuteronomio: "No sólo de pan vive el hombre" (Dt 8,3 / Lc 4,4). Es necesario dedicar tiempo y energías a la producción en distintos sectores de la economía, a la educación, a la política y a todo lo que hace crecer y desarrollar efectivamente a las personas y a los pueblos. Pero el ser humano no es sólo producción y consumo. Necesita reír, cantar, bailar, jugar, amar y por su puesto, orar.

"La oración es una experiencia de gratuidad. Ese acto ocioso, ese tiempo `desperdiciado´ nos recuerda que el Señor está más allá de las categorías de lo útil y lo inútil. Dios no es de este mundo. La gratuidad de su don, creadora de necesidades más profundas, nos libera de toda alineación religiosa y en última instancia, de toda alineación" .

Juan Pablo II decía que este mundo necesita testigos, más que grandes maestros. En Jesús encontramos a una persona orante. Muchas veces los evangelios lo muestran orando en comunidad y a solas. (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; Jn 11,41-42; Jn 17). La forma como Jesús vivía, amaba y oraba, hizo que sus discípulos le pidieran que los enseñara a orar.

La oración del Padre Nuestro no empieza con una lista de peticiones que según nuestro criterio humano, sería lo mejor que nos pudiera suceder. El Padre Nuestro tiene dos partes fundamentales: la primera busca reconocer a Dios como Padre, bendecirlo, reverenciarlo y, sobre todo, amarlo. La segunda pide a ese Padre bueno, que venga su Reino y sus consecuencias.

La oración empieza con una toma de conciencia de la noticia más grande que nos trajo Jesús: ¡Dios es nuestro Padre! ¡Somos hijos de Dios! ¡Qué alegría poder llamar a Dios, Padre! ¡Qué bueno saber que no somos huérfanos "en este valle de lágrimas"!, como dice la antigua oración de la Salve. Pues, como dijo Pablo: "No hemos recibido un espíritu de temor sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre!" (Rom.8,15).

Es muy importante aclarar que la oración está en plural y en clave comunitaria, no es para individualidades solitarias y egoístas. No dice Padre mío, sino Padre Nuestro. Somos hijos del Padre Dios. Si en la oración decimos que Dios es Padre de todos, tendríamos que ser consecuentes con eso que oramos, y vivir verdaderamente como hermanos. Es una mentira llamar a Dios Padre y tratar a los demás como esclavos, o permitir que nos exploten y pisoteen nuestra dignidad humana. La oración no permite pisotear o dejarse pisotear por alguien. Orar con el Padre Nuestro implica un trato igualitario, digno y justo con todos, como corresponde entre verdaderos hermanos, hijos de Dios.

El Padre Nuestro empieza con un contemplar gozoso y comprometido de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de los demás seres humanos. Es viviendo de manera gozosa nuestra filiación divina y nuestra hermandad humana, como mejor santificamos el nombre de Dios. Es con nuestra manera de vivir, orar y tratar a los demás, como el nombre de Dios es conocido, alabado, amado y glorificado por los demás seres humanos.

Hasta el momento no se ha pedido cosa alguna. Sólo se ha reconocido la bondad del Padre Dios y se ha santificado su nombre. Ahora viene la petición fundamental: El Reino. Esa fue la causa de Jesús, el proyecto por el cual dio hasta su propia vida. El Reino fue su programa y razón de ser. Por eso dijo: "busquen primero el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se les dará por añadidura" (Lc 12,31). La petición del Reino va unida a su vez con el compromiso serio y decidido para hacerlo realidad con la gracia del Padre.

Las peticiones que siguen son sencillamente las consecuencias del Reino. El Pan. El Reino de Dios trae consigo la satisfacción de las necesidades básicas de todo ser humano: comida, techo, salud, educación, cultura, etc. Eso es el pan. Todo aquello que necesita el ser humano para vivir dignamente. Se pide el pan de cada día como un acto de confianza en la providencia de ese Padre bueno y providente que cada día está con el ser humano y lo conduce para vivir dignamente. Esto implica a su vez la disposición para compartir el pan con el hambriento, el vestido con el desnudo y el techo con el indigente. Implica también el compromiso de trabajar para conseguirlo y para hacer posible que en mundo no haya hambre del pan corporal y espiritual. Todos los días se pide el pan y todos los días trae consigo su trabajo y su reto.

El Reino implica una vida en paz y armonía con el mundo interno y externo. Como a lo largo del camino son inevitables los roces que nos quitan la paz, la oración pide el perdón y la disponibilidad para perdonar a los demás. Sabiendo que la bondad del Padre Dios es infinita, podemos llegar a Él con la certeza absoluta de que no vamos a ser rechazados por nuestras fallas humanas, o por nuestro pecado. Pero para acceder al perdón de Dios, es necesaria la actitud para perdonar a los demás seres humanos. Esto implica también el reconocimiento de que no somos perfectos, que necesitamos perdón, paz y reconciliación.

La vida humana no deja de ser un riesgo que hay que asumir. Día a día corremos el riesgo de fracasar si no encausamos bien nuestra vida y nos dejamos deslumbrar por las apariencias de nuestro mundo. Por eso en la petición final se pide sabiduría y valor para no caer en la tentación. Esa sabiduría y ese mismo valor que tuvo Jesús para enfrentar al tentador, negarse a caer en sus garras y optar decididamente por Dios y su proyecto salvador.

La oración es una práctica para todos los días. Implica una actitud de confianza ante el Padre Dios y una actitud comprometida para realizar su proyecto personal y comunitariamente. La exhortación final del evangelio de hoy es a perseverar en la oración y a tener una confianza absoluta en la bondad del Padre que nos dará siempre lo mejor. Y lo mejor que podemos tener, según el evangelio, no es tanto muchas cosas sino el Espíritu Santo, que tiene la capacidad para renovar la faz de la tierra y para conducir al ser humano hacia la verdad completa. El Espíritu que ayuda al ser humano a recordar y comprender en el día a día las enseñanzas de Jesús (Jn 15,26; 16,12-15). Según la tradición de Juan el Espíritu es el intérprete correcto del mensaje y significado de Jesús para el discípulo. Es el Paráclito, defensor de la comunidad ante los ataques del mundo. Es quien acompaña al discípulo en los momentos difíciles y está con cada creyente y con la comunidad en sus confrontaciones. (Jn 14,15-17; 16,8-11)

Finalmente digamos que con mucha frecuenta no sabemos emplear bien la oración del Padrenuestro. Esta oración no es para hacer intercambios y peticiones específicas a Dios por alguna necesidad que queramos ver colmada. Se suelen escuchar las siguientes frases: "Un Padrenuestro por el viaje de esta tarde". "Un Padrenuestro por las intenciones del Sumo Pontífice". "Un Padrenuestro para conseguir trabajo". "Un Padrenuestro por la salud de Menganito"… Para eso no es el Padrenuestro. Esta oración es básicamente para entrar en comunicación y comunión con el Padre Dios y su proyecto salvador para el ser humano. Eso es suficiente. Dentro de la oración (comunión y comunicación) podemos manifestarle al Padre Dios todas nuestras inquietudes y necesidades, pero no como un intercambio por haber repetido una oración, sino como un acto de fe y confianza en al Padre bueno, providente y misericordioso.

Cadena de oración: http://www.scalando.com/orando.htm

http://www.scalando.com/orando.htm

Te presentamos un libro: Teología de la Redención

Centro de Espiritualidad Redentorista: http://nuestraespiritualidad.wordpress.com

Moniciones para la Misa diaria: http://www.scalando.com/moniciones/diarias/C/index.htm

Libro: Teología de la Redención: http://www.scalando.com/Moralia/redencion/index.htm

Moniciones para la Misa diaria: http://www.scalando.com/moniciones/diarias/index.htm  con la firme determinación de te guste este servicio, el cual entregamos en tu computadora

Homilía para hoy

Grupos de interés: http://www.egrupos.net/grupo/scalando; http://www.egrupos.net/grupo/moniciones; http://blogs.vivito.net/blog/scalando463

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Juan Pablo II decía que este mundo necesita testigos, más que grandes maestros. En Jesús encontramos a una persona orante. Muchas veces los evangelios lo muestran orando en comunidad y a solas. (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; Jn 11,41-42; Jn 17). La forma como Jesús vivía, amaba y oraba, hizo que sus discípulos le pidieran que los enseñara a orar.

La oración del Padre Nuestro no empieza con una lista de peticiones que según nuestro criterio humano, sería lo mejor que nos pudiera suceder. El Padre Nuestro tiene dos partes fundamentales: la primera busca reconocer a Dios como Padre, bendecirlo, reverenciarlo y, sobre todo, amarlo. La segunda pide a ese Padre bueno, que venga su Reino y sus consecuencias.

La oración empieza con una toma de conciencia de la noticia más grande que nos trajo Jesús: ¡Dios es nuestro Padre! ¡Somos hijos de Dios! ¡Qué alegría poder llamar a Dios, Padre! ¡Qué bueno saber que no somos huérfanos "en este valle de lágrimas"!, como dice la antigua oración de la Salve. Pues, como dijo Pablo: "No hemos recibido un espíritu de temor sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre!" (Rom.8,15).

Es muy importante aclarar que la oración está en plural y en clave comunitaria, no es para individualidades solitarias y egoístas. No dice Padre mío, sino Padre Nuestro. Somos hijos del Padre Dios. Si en la oración decimos que Dios es Padre de todos, tendríamos que ser consecuentes con eso que oramos, y vivir verdaderamente como hermanos. Es una mentira llamar a Dios Padre y tratar a los demás como esclavos, o permitir que nos exploten y pisoteen nuestra dignidad humana. La oración no permite pisotear o dejarse pisotear por alguien. Orar con el Padre Nuestro implica un trato igualitario, digno y justo con todos, como corresponde entre verdaderos hermanos, hijos de Dios.

El Padre Nuestro empieza con un contemplar gozoso y comprometido de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de los demás seres humanos. Es viviendo de manera gozosa nuestra filiación divina y nuestra hermandad humana, como mejor santificamos el nombre de Dios. Es con nuestra manera de vivir, orar y tratar a los demás, como el nombre de Dios es conocido, alabado, amado y glorificado por los demás seres humanos.

Hasta el momento no se ha pedido cosa alguna. Sólo se ha reconocido la bondad del Padre Dios y se ha santificado su nombre. Ahora viene la petición fundamental: El Reino. Esa fue la causa de Jesús, el proyecto por el cual dio hasta su propia vida. El Reino fue su programa y razón de ser. Por eso dijo: "busquen primero el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se les dará por añadidura" (Lc 12,31). La petición del Reino va unida a su vez con el compromiso serio y decidido para hacerlo realidad con la gracia del Padre.

Las peticiones que siguen son sencillamente las consecuencias del Reino. El Pan. El Reino de Dios trae consigo la satisfacción de las necesidades básicas de todo ser humano: comida, techo, salud, educación, cultura, etc. Eso es el pan. Todo aquello que necesita el ser humano para vivir dignamente. Se pide el pan de cada día como un acto de confianza en la providencia de ese Padre bueno y providente que cada día está con el ser humano y lo conduce para vivir dignamente. Esto implica a su vez la disposición para compartir el pan con el hambriento, el vestido con el desnudo y el techo con el indigente. Implica también el compromiso de trabajar para conseguirlo y para hacer posible que en mundo no haya hambre del pan corporal y espiritual. Todos los días se pide el pan y todos los días trae consigo su trabajo y su reto.

El Reino implica una vida en paz y armonía con el mundo interno y externo. Como a lo largo del camino son inevitables los roces que nos quitan la paz, la oración pide el perdón y la disponibilidad para perdonar a los demás. Sabiendo que la bondad del Padre Dios es infinita, podemos llegar a Él con la certeza absoluta de que no vamos a ser rechazados por nuestras fallas humanas, o por nuestro pecado. Pero para acceder al perdón de Dios, es necesaria la actitud para perdonar a los demás seres humanos. Esto implica también el reconocimiento de que no somos perfectos, que necesitamos perdón, paz y reconciliación.

La vida humana no deja de ser un riesgo que hay que asumir. Día a día corremos el riesgo de fracasar si no encausamos bien nuestra vida y nos dejamos deslumbrar por las apariencias de nuestro mundo. Por eso en la petición final se pide sabiduría y valor para no caer en la tentación. Esa sabiduría y ese mismo valor que tuvo Jesús para enfrentar al tentador, negarse a caer en sus garras y optar decididamente por Dios y su proyecto salvador.

La oración es una práctica para todos los días. Implica una actitud de confianza ante el Padre Dios y una actitud comprometida para realizar su proyecto personal y comunitariamente. La exhortación final del evangelio de hoy es a perseverar en la oración y a tener una confianza absoluta en la bondad del Padre que nos dará siempre lo mejor. Y lo mejor que podemos tener, según el evangelio, no es tanto muchas cosas sino el Espíritu Santo, que tiene la capacidad para renovar la faz de la tierra y para conducir al ser humano hacia la verdad compl