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Moniciones XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
24 de Septiembre, 2007, 18:09
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LAS LECTURAS DE HOY
Monición de entrada:
Buenos, días, (tardes, noches). Nos hemos congregado hoy como pueblo de Dios, día del Señor, para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía. Dios nos llama a examinar nuestra actitud sobre los bienes materiales. Si el cristiano no comparte sus bienes con los necesitados, no es auténtico cristiano. Es duro el evangelio cuando habla de la suerte del rico y del pobre. A veces, la mesa llena, el vestido púrpura y los muchos dividendos impiden la conversión. Pero lo que parece imposible a los ojos de los seres humanos, no es imposible ante Dios. De pie, para cantar, dando inicio a nuestra celebración.
Primera lectura: Amós 6, 1ª.4-7 (Se acabó la orgía de los disolutos)
El profeta Amós continúa atacando las injusticias de su pueblo. Amós no puede soportar el lujo de los ricos porque es un insulto a la situación de miseria que viven los pobres. El profeta condena la falsa seguridad de los ricos y les anuncia el castigo próximo. Escuchen atentos.
Segunda lectura: I Timoteo 6, 11-16 (Guarda el mandamiento hasta la venida del Señor)
San Pablo expone, en la segunda lectura, las virtudes que debe poseer el servidor ideal. Las pautas de conducta que señala San Pablo son aplicables a nosotros hoy, aquí y ahora. Y en estos momentos históricos, tienen mayor vigencia. Pongan atención.
Tercera lectura: Lucas 16, 19-21 (Parábola del rico Epolón y el pobre Lázaro)
El Evangelio de hoy nos trae la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Los ricos parecen incapaces de recibir los bienes del Reino porque están apegados a las cosas materiales. Los pobres muchas veces aparecen más abiertos a Dios, porque escuchan su palabra y esperan la ayuda divina. De pie, por favor, cantemos el Aleluya.
Oración Universal:
- Por la Iglesia de Dios: para que anuncie sin cesar el Evangelio de salvación a los seres humanos y sea congregada en la unidad. Roguemos al Señor.
- Por todos los pueblos del mundo: para que disfruten de paz y aumenten los lazos de unión y concordia. Roguemos al Señor.
- Por los más pobres y más necesitados: para que descubran que la Buena Nueva de Cristo va dirigida especialmente a ellos, y la acepten con alegría de corazón. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, nuestros familiares y conocidos: para que sepamos ser los servidores de los demás y consigamos un corazón humilde y sencillo. Roguemos al Señor.
Exhortación Final
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 578)
Te bendecimos, Señor, porque escuchas el clamor del pobre,
liberas al oprimido y sustenta al huérfano y a la viuda.
Tú derribas del trono al poderoso y enalteces al humilde;
al hambriento lo colmas de bienes y al rico lo despides vacío.
Cuando nuestro corazón se cierre ignorando al necesitado,
abre, Señor, nuestros ojos para que te veamos a ti en él;
cuando el pobre tienda su mano hacia nosotros para pedirnos,
abre nuestro corazón al gozo de compartir lo nuestro con él.
Ayúdanos, Señor, a romper la malla del egoísmo acaparador,
Liberándonos del afán de poseer y tener, gastar y consumir,
Para que no nos habituemos nunca a las desigualdades.
Amén.
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Preguntas, comentarios y agradecimiento a: Domingo Vásquez Morales, C.Ss.R.
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Homilía XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C
24 de Septiembre, 2007, 17:32
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En Camino
Homilía para el Domingo |

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Tiempo Ordinario
XXVI Domingo |
30 de septiembre de 2007 |
LAS LECTURAS DE HOY
En el tiempo de Amós (1ra lect.), en el de Jesús como en el nuestro, frente a un montón de empobrecidos y marginados, obligados a vivir en una miseria vergonzosa, viven otros en una opulencia escandalosa.
Digamos de antemano que aquí no se critica el goce de la vida ni los placeres del cuerpo. La misma literatura bíblica invita a disfrutar: “… lo que uno puede esperar es comer y beber, y gozar del fruto de su trabajo, durante los contados días de su vida… todo esto es don de Dios” (Ecl 5,17.19). Jesús no fue un asceta que promoviera una vida antihedonista y represiva de los sentidos. Fue un hombre que banqueteó con todo tipo de personas, hasta con aquellas consideradas de mala vida: prostitutas, publicanos, pecadores, etc. Tanto que sus enemigos dijeron que él era un comelón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (Lc 7,34). Aunque a nuestro amigo Jesús le gustaba banquetear, Él nunca se cerró al clamor de los pobres. Por el contrario, convirtió sus comidas en un espacio para compartir y hacer que las personas se sintieran respetadas, aceptadas y amadas en lo profundo de su ser.
En otros textos bíblicos se critican la explotación y el engaño de quienes se aprovechan de los débiles para enriquecerse. Los textos de hoy ponen su énfasis en la falta de solidaridad y en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Esta actitud ante la vida, en el fondo condena no sólo a los pobres y marginados sino también a los ricos e indiferentes, porque no es posible ser verdaderamente humanos, cuando delante de nosotros se muere otro humano sin que ni siquiera nos inquietemos. La realización plena de nuestra propia humanidad está ligada a la defensa y promoción de toda la humanidad. La felicidad nuestra está ligada a la promoción de la felicidad de los demás seres humanos.
Por eso el profeta Amós criticó a quienes gustaban de una vida fácil, despilfarraban su riqueza en cosas innecesarias para aparentar grandeza y se daban la gran vida a espaldas de quienes sufrían la ruina. Divanes con adornos de marfil, la ternera escogida del establo, los mejores vinos y perfumes, el descanso permanente, en fin… Cualquier parecido con la realidad de hoy no es sólo coincidencia.
Asimismo, el epulón que nos presenta el Evangelio refleja nuestra sociedad que le da culto al consumo. Los templos de hoy son los centros comerciales, alrededor de los cuales se construyen los grandes complejos urbanísticos, como otrora se hicieron nuestros pueblos alrededor de las ermitas o de las catedrales. El paradigma del hombre feliz es el “homo consumus”. Aquel que tiene los medios para consumir, consumir y consumir. La radio, la televisión y los medios impresos siempre presentan felices a quienes consumen: ropa, vehículos, comidas, viajes o aparatos cada día más novedosos. Los “grandes diálogos” de muchos de nuestros jóvenes, son sobre la nueva marca de celular y sus ventajas y desventajas con respecto al anterior. Los zapatos, el carro, el centro comercial… muchas veces viven totalmente vacíos de humanidad, de amor y de sentido de la vida.
Estamos ante una nueva religión: la religión del mercado, que promueve el consumo y “salva” únicamente a quienes tienen capacidad para hacerlo hasta hartarse. Esta religión aparentemente dice buscar la salvación del mundo entero a partir de la creencia del crecimiento económico afanosamente buscado, sin restricciones y sin interferencia de los gobernantes públicos. Esta religión tiene a sus pontífices que gozan de infalibilidad cuando hablan desde sus catedrales. Esta religión cuenta con misioneros que andan por el mundo dando conferencias en las universidades de los diferentes países. Cuenta con grandes templos que, además de los centros comerciales, son los bancos, las bolsas de valores y las empresas financieras. Sus teólogos son los economistas que siguen fielmente los dogmas de los ayatolas, pontífices o sumos sacerdotes. Tiene también un gran mandamiento: “El Libre Mercado es el Señor tu Dios, no tendrás otros dioses extraños fuera de él”. Tiene sus centros de formación donde se adoctrinan los teólogos y misioneros: Las grandes universidades de las capitales financieras del mundo que dominan el mercado. Y por último, tiene también sus consignas excluyentes: “Fuera del mercado no hay salvación”. “Quien no tiene para consumir, no sirve para vivir”.
Que según el datos del Banco Mundial más de 1000 millones de personas vivan por debajo del umbral absoluto de la pobreza (o sea que viven con menos de 1 dólar diario) y que 840 millones de seres humanos que padezcan hambre, desnutrición y todas sus consecuencias, no parece importarle mucho al homo consumus, seguidor de esta nueva religión. Preguntémonos seriamente: ¿Hemos participado en los cultos de esta nueva religión?
En los libros de historia, los protagonistas son aquellos que lograron el poder y la riqueza, aún aplastando a los demás seres humanos y a su propia humanidad. Como la Biblia es una historia escrita desde el reverso, o sea desde los pobres que quieren vivir con dignidad, el evangelio de hoy nos presenta a otros protagonistas. En el evangelio de hoy el rico no tiene nombre propio. Epulón significa sencillamente banqueteador o comelón. El pobre sí tiene nombre propio: Lázaro, que significa, Dios ayuda. (Aunque pareciera que a ese hombre no lo ayudó ni Dios).
Aquí nos puede venir otro problema, pués esta parábola se ha utilizado como un arma en contra de los mismos pobres que quiso defender. Muchas veces se han engañado a los pobres diciéndoles que deben sufrir con paciencia y cargar la cruz porque de esa manera tendrán el cielo asegurado. Hoy sabemos que este tipo de enseñanzas son totalmente contrarias al evangelio. Lo que busca el evangelio es despertar las conciencias e invitarnos a abrirnos a Dios y a los demás, porque cuando nos cerramos al sufrimiento humano, nos cerramos a Dios, generamos miseria y frustramos nuestra propia vida.
El evangelio no invita a empobrecerse, no condena los bienes como tal ni el disfrute de la vida. El epulón no se condena por rico ni por disfrutar la vida. Se condena a sí mismo porque no logró superar su propia mediocridad humana, porque limitó su vida a ser un epulón, es decir un consumidor egoísta y narcisista. Porque se cerró a los demás seres humanos y por lo tanto también a Dios y a su amor misericordioso.
Hoy, en el mundo, hay muchas personas que sobreviven condenadas porque hicieron girar toda su vida alrededor de sus sentimientos más rastreros y egoístas. Porque no se preocuparon por otra cosa más que por tener para consumir y consumir, y fueron indiferentes ante el dolor humano, aplastando así su propia humanidad. Hoy hay personas que abundan en dinero y poder, tanto como en tratamientos psiquiátricos para llenar un vacío de sentido que nunca llenarán si no se abren al amor misericordioso.
El epulón se condena y condena a los empobrecidos a sobrevivir en la miseria. Hoy sabemos que la incompetencia y la corrupción de nuestros gobernantes epulones, matan a más personas que las mismas catástrofes o enfermedades. Y, conociendo eso, muchas veces los seguimos eligiendo o nos acomodamos al sistema. Hoy sabemos que con un pequeño porcentaje del PIB de las naciones más desarrolladas, bastaría para cubrir las necesidades básicas de los millones de seres humanos que se mueren como el pobre Lázaro. Pero éstos seres humanos están condenados a sobrevivir hasta que la muerte se apiade de ellos. Por eso Latinoamérica está muy lejos del desarrollo y África con toda su riqueza es hoy un continente condenado a morir de hambre y de pandemias que podrían resolverse en poco tiempo.
Como seguidores de Jesús, ¿cuál es nuestro aporte para mejorar la situación de tantas personas que viven en el umbral de la miseria? ¿Se puede ser cristiano y ser indiferente ante el dolor humano? ¿Consumo alimentos algunas veces sin necesidad? ¿Tengo objetos que realmente no necesito y sólo manifiestan mi falta de caridad, mi indiferencia, mi poca humanidad y mi vacío de Dios? ¿A qué me invita Jesucristo? ¿Escucho su grito a través de los lázaros que sobreviven en nuestras calles?
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Moniciones XXV del Tiempo Ordinario Ciclo C
18 de Septiembre, 2007, 1:08
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LAS LECTURAS DE HOY
Buenos, días, (tardes, noches). Las lecturas bíblicas de hoy enjuician nuestro comportamiento acerca de las riquezas que Dios nos ha confiado. Nosotros somos simples administradores, no dueños. Cuando nos vayamos, todo se quedará aquí. Esta celebración dominical nos aconseja a vivir desprendidos y santificándonos. De pie, para recibir a los ministros cantando alegremente.
Primera lectura: Amó 8, 4-7 (Contra los que compran por dinero al pobre)
Amós, aunque era un humilde pastor, es el profeta de la justicia social. Ataca a la injusticia de los ricos y la explotación del pobre. Advirtió a los hombres que Dios demanda honradez y justicia en sus negocios. Escuchen
Segunda lectura: I Timoteo 2, 1-8 (Pidan a Dios por todos los hombres)
San Pablo aconseja a su discípulo y colaborador Timoteo sobre la liturgia para que sea una auténtica plegaria de toda la comunidad y que permita llegar más fácilmente al pensamiento de Cristo, nuestro mediador, como base de nuestra fe. Pongan mucha atención.
Tercera lectura: Lucas 16, 1-13 (breve) 10-13 (No pueden servir a Dios y al dinero)
A continuación escucharemos la parábola del administrador infiel. Cristo la usó para exponer su doctrina sobre las riquezas y el dinero. Los que son ricos en bienes materiales necesitan ponerlos al servicio de los necesitados para conseguir los bienes del Reino. Nos preparamos para escuchar la Buena Nueva de hoy. De pie, por favor y juntos entonemos el Aleluya.
Oración Universal:
- Por la Iglesia; para que sepa dar testimonio de Cristo en medio de nuestro mundo, Roguemos al Señor.
- Por los gobernantes de todas las naciones; para que sus esfuerzos por la paz y la justicia no sean en vano, Roguemos al Señor.
- Por los responsables de la economía a escala mundial y nacional; para que procuren siempre el bien del ser humano por encima de todos los bienes económicos, Roguemos al Señor.
- Por nosotros; para que no caigamos en la tentación de la codicia y no se metalice nuestro corazón, Roguemos al Señor.
Exhortación Final
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 575)
Bendito seas, Dios Padre, por el aviso que hoy nos das
por medio de Jesús a tus hijos queridos, los hijos de la luz,
para que despertemos las enormes energías del Reino, sin ceder
al cansancio y la inhibición, la rutina y el desaliento.
Reconocemos, Señor, que no siempre actuamos como discípulos
de Cristo, porque nos vence el apego a los bienes terrenos,
la idolatría del dinero, la comodidad y el abstencionismo.
Ten compasión de nosotros, Señor, y ayúdanos con tu gracia.
Enséñanos a usar los bienes perecederos de esta vida,
invirtiéndolos con generosidad en nuestros hermanos más pobres,
y ganándonos así amigos seguros en las moradas eternas.
Amén.
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Homilia XXV Domingo del Tiempo Ordinario ciclo C
18 de Septiembre, 2007, 0:52
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En Camino
Homilía para el Domingo |

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Tiempo Ordinario
XXV Domingo |
23 de septiembre de 2007 |
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