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EN CAMINO
Tiempo Ordinario, ciclo “B”
XIV Domingo
Autor: Neptalí Díaz Villán; C.Ss.R. Fuente: www.scalando.com
LECTURAS:
- 1ra lect.: Ez 2,2-5
- Sal 122
- 2da lect.: 2 Cor 12,7b-10
- Evangelio: Mc 6,1-6
Cuando soy débil, entonces soy fuerte
¡Al fin qué! ¿Somos débiles o somos fuertes? ¿Somos dioses en la tierra, como dijo Pico de la Mirandolla o somos viles gusanillos que se revuelven en el lodo, como dijo Martín Lutero? ¿Somos Señores de la tierra y Dios nos puso para dominarla, como dice el libro del Génesis (1,28s), o no somos más que un soplo y nuestra vida es una sombra que pasa, como dice el salmo 39(v. 7)?
Pienso que somos sencillamente humanos, con fortalezas y debilidades; susceptibles a los accidentes del mundo y con capacidades para transformarlo. Subvalorarnos como seres humanos no solo sería un maltrato para nuestra humanidad sino también una ofensa para Dios porque estamos hechos a su imagen. Pero no olvidemos que no somos dioses todo-poderosos. Cada vez que nos comportamos como dioses, terminamos masacrando, exterminando y anulando a algunos o a millones de seres humanos. La filosofía del hombre “Dios en la tierra” y Señor de las cosas de Fichino y Pico, completada con la “del superhombre” de Nietzche y otras por el estilo, han ayudado para hacer del hombre postmoderno un consumidor rapaz, planetófago y contaminador del medio ambiente. Capaz de marginar, explotar y exterminar a sus congéneres para sentirse vivo, cómodo y feliz. Muchas veces la serpiente nos ha engañado y hemos caído víctimas de nuestra inseguridad ontológica y de nuestros vacíos afectivos que nos exigen tener poder para sentirnos seguros y dignos de ser amados.
El llamado filósofo del pensamiento débil, el italiano Gianni Vattimo, propone debilitar el ser, o sea dejar de atribuirle características fuertes (desde todo punto de vista) para reconocerlo en cambio ligado al tiempo, a la vida y a la muerte. Según Vattino, sólo así será posible la emancipación humana, la progresiva reducción de la violencia y de los dogmatismos.
Pablo en su Carta a los Corintios (2da lect.), nos comenta su experiencia sobre la debilidad. Según Pablo, es en la debilidad (enfermedades, injurias, privaciones, persecuciones…) donde reconocemos con más facilidad nuestra necesidad de Dios. Por eso dice: “cuando soy débil entonces soy fuerte”. Esto nos suena paradójico, como muchas otras cosas en el camino de Jesús. ¡Pero así es! Vivámoslo y veremos que así es: Cuando nos despojamos de todas nuestras falsas seguridades, cuando reconocemos que estamos limitados por el tiempo y el espacio, que nuestras debilidades internas y las amenazas externas nos afectan; cuando ante nuestras debilidades, caídas y dolores, en vez de maldecir por la “mala suerte” nos abrimos a la gracia de Dios, experimentamos una fuerza poderosa que nos hace resistir, perseverar y levantarnos. Entonces comprenderemos por qué dijo Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Porque así es.
CREER EN LO NUESTRO
En uno de mis viajes por tierra, el autobús paró para que los pasajeros descansáramos y tomáramos algo. - “Qué lindo ese muchachito”, le comentó la abuela a la nieta con quien viajaba, contemplando a un bebé mulato a quien le daban seno en un rincón de la cafetería. - “No me gustan los morenos”, le respondió la joven mientas tomaba su café. Aunque la piel de la joven era bastante clara y sus ojos verde oscuro, su nariz chata y su pelo rizado, dejaban ver algún gen africano. - “No hables muy duro mijita que en esta tierra todos somos hijos de indios patirrajados, negros esclavizados y españoles ladrones”, añadió la abuela, una mujer pequeña con los ojos indios.
En el choque desigual de culturas que se dio en nuestro continente, hay que reconocer el gran legado histórico, cultural y religioso, entre otros elementos positivos. Pero no podemos olvidar los desastres, persecuciones y muertes; la esclavitud y las costumbres malsanas que quedaron. Me atrevería a decir que entre lo más desastroso quedó el habernos hecho creer que los indígenas hacían parte de una subcultura, casi unos subhombres y que todo lo de ellos era “sub” porque la civilización venía de los blancos europeos. Religión, cultura, organización social, deportes, la identidad misma de la persona, llevaban el prefijo “sub”.
Y lo más triste es que nosotros, los hijos de esa danza del mestizaje latinoamericano, creímos ese cuento. No pocas veces he escuchado epítetos tales como: “indio cochino”. “¿Usted porqué es tan india conmigo?”. “Eso tan poca cosa lo tiene cualquier indio”…
Hasta hace unos años casi todos los gobernantes latinoamericanos tenían rasgos europeos. El mismo pueblo mestizo ponía su confianza en las mismas familias que lo habían explotado y lo tenían sumido en la miseria. No sé si sea peor esclavizar o permitir que la esclavitud reine eternamente y adquiera nuevos ropajes con la complicidad de los esclavos. Creo que lo peor no es que esclavicen, que haya violencia, violación de los derechos humanos y todo tipo de injusticias en nuestros pueblos. Lo peor sería acostumbrarnos, perder nuestra capacidad de asombro ante el maltrato a la dignidad humana y aún ante nuestro propio dolor. Creer que todo eso es normal debido a nuestra incapacidad para solucionar nuestros problemas y que necesitamos una invasión como la de Afganistán o la de Irak, para superar nuestros conflictos. (¡Qué “bella” solución!).
Así como en el pueblo de Jesús, aquí nos cuesta valorar y creer en lo nuestro. No pocos corren tras líderes exóticos, con una lengua mal pronunciada, o por su claro acento extranjero. - “Este debe saber mucho porque es extranjero”. - “Este nos va a sacar del problema porque estudio en Yale, en la Sorbona o en Comillas”.
Como bien decía Cervantes: “es de bien nacidos agradecer”. Hay que agradecer el valioso aporte de muchos extranjeros en áreas como la ciencia, la cultura, las humanidades, la defensa de los derechos humanos y la fe por supuesto, entre otros campos. ¡No todos vienen a robar! Pero es muy triste que a muchos talentos los rezaguemos sólo por haber cometido el gran pecado de nacer aquí, de ser de los nuestros. Eso demuestra una baja autoestima personal y social que detiene el crecimiento integral de los pueblos.
Jesús vivió esta misma situación: - “¿Y éste de donde salió? - ¿Dónde estudió? - ¿Qué escuela acredita sus discursos? - ¡Si tan siquiera hubiera pasado por alguna escuela de Jerusalén, Antioquía o Alejandría! - Si tuviera algún familiar importante en alguna parte. Pero a sus hermanas y hermanos los conocemos, son de los nuestros, los mismos zarrapastrosos que comen el pan de cebada todos los días porque no tienen más. - ¡Es de los que sólo puede comer cuando recibe el jornal del día! - No pertenece a ninguna casta privilegiada ni hay en su familia tradición de sabios, gobernantes, o algo por el estilo”…
Jesús no fue valorado por sus paisanos que no creyeron en él, pues lo conocían. ¡Lo vieron crecer y no era mayor cosa! No hubo ningún niño haciendo palomitas de barro y soplándolas para que salieran volando, como nos cuenta algún evangelio apócrifo, de los tantos que aparecieron después del siglo primero, entre ellos el de Judas muy comentado en estos días.
Fue un niño más del montón, que jugueteó descalzo y desnudo como los demás, que le ayudó a cargar el agua a su mamá e hizo los mandados. Fue un joven común y corriente que hizo trabajos manuales. Sus paisanos saludaron sus manos rudas, muchas veces lo vieron lleno de ripio y mugre, sudado con las faenas del día y comiendo el pan con el sudor de su frente (nada que ver con los dibujos de rasgos afeminados que algunos pintores han plasmando en los lienzos desencarnados). Para los paisanos que lo conocían estaba hecho para el trabajo, no para obrar signos de poder ni para enseñar con sabiduría. ¡Y claro! No pudo hacer allí mayor cosa, pues no creyeron en él, le tocó irse con “su cuento” para otra parte.
A pesar de que los judíos eran tan nacionalistas, muchos habían adoptado algunas costumbres romanas y trataban de seguir el paradigma del hombre feliz propuesto por Roma. Tal vez sea cierto aquello de que “el opresor tenga un no sé qué que les encanta a los explotados por su mentalidad esclavizada y su espíritu encadenado”. Es posible que aún conservaran algún gen que los hacía añorar las cebollas de Egipto. ¿Nos pasará lo mismo?
Pero ahí en medio de la pobreza y de la debilidad humana, contra todos los pronósticos de “los especialistas” en juzgar quién sirve y quién no, Jesús nos dio Palabras de vida eterna. Su autoridad no radicó en lo pomposo de sus vestidos ni en los títulos de las mejores escuelas antiguas. Su autoridad estuvo fundada en el Espíritu que siempre lo acompañó y en la vida coherente como ser humano e hijo del Padre Dios.
Nos queda más fácil creerle a alguien que venga de Roma, del Tibet, o del Lejano Oriente. Nos queda más fácil atender las manifestaciones espectaculares del artista de moda, que hoy florece y mañana se seca. Nos queda más fácil seguir los modelos de la TV y soñar a ser como ellos, ignorando el drama que esconden detrás de sus rostros “siempre sonrientes y felices”.
Nos hace falta aprender a descubrir la voz de Dios entre los nuestros y aprender a reconocer sus pasos firmes en medio de nosotros. Nos hace falta verlo con su ropaje común y corriente; cuando come en la fonda del barrio y toma el autobús para llegar al trabajo. Cuando hace fila para reclamar su salario y cuando pelea porque no le han pagado lo justo, o sencillamente porque no le han pagado.
Nos hace falta ver en las manos ásperas del trabajador, las manos de Dios que sigue obrando signos ignorados por los especialistas de Dios. Necesitamos creer en nuestros valores, en nuestros niños, en nuestros jóvenes, en nuestros líderes que demuestren ser honestos y veraces. Necesitamos creer en nuestra capacidad para transformar la historia contando con nuestra debilidad y con la gracia de Dios. Necesitamos estar atentos al paso de Dios por nuestra vida, reconocer a nuestros profetas y asumir nuestro compromiso profético que todos hemos recibido en el bautismo. No dejemos que Jesús pase de largo y le toque irse con su cuento para otra parte.
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